Simbolo de Modernidad, del Progreso y del Bien Común en el Perú!!!

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22 de mayo de 2008

Luis Hernandez Patiño escribe: "El Socialismo del Siglo XXI"

Interesante artículo del Ex Secretario Nacional de Doctrina del Partido Popular Cristiano, el amigo Luis Hernandez Patiño, quien vuelve a escribir sobre las ideologías en América Latina, el Perú y el Mundo. Agradecemos a Luis y a todos los cuadros del PPC que empiezan a escribir en nuestra web, la lucha por el bien común y darle al país un gobierno justo, digno y eficiente - ya comenzo, el PPC Ganador - está en camino.

Recomendamos visitar el blog de Luis Hernandez Patiño - http://enfoque21.blogspot.com/
COMUNICACIONES SNM
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El Socialismo del Siglo XXI

Al observar el reciente panorama que nuestro continente nos ofrece, pienso que no hay moneda que no tenga dos caras. Bajo este entendido, no hay nada que se pueda enfocar desde un solo ángulo, desde el ángulo más deslumbrante, desde el ángulo que, por su brillo, más pudiese impactar.

Al igual que cualquier moneda corriente, la globalización tiene una segunda cara –se me ocurre decir un segundo rostro- que simple y llanamente no podemos dejar, no debemos dejar de ver. No está exenta de grandes contradicciones; es la tesis de un profundo proceso dialéctico de cambio. Dicho proceso pone a la humanidad entera en un movimiento permanente, cada vez más tecnologizado, ideológicamente orientado a la proyección de una sociedad abierta, asentada sobre la base de una economía de mercado libre, y en esas condiciones la tesis llamada globalización se convierte en la promotora de su propia antítesis.

Sin embargo, eso de la globalización no es más que un ejemplo; hay otros que podríamos citar, y eh aquí una interrogante que debemos hacernos: ¿Entre tales ejemplos no podría estar el caso del Socialismo? Lo digo, pues este último no tiene por qué ser la excepción de la regla; no tiene por qué ser exonerado de la posibilidad de ser observado también, desde la perspectiva de una de aquellas monedas corrientes que hoy circulan, en el marco de un proceso de cambio cuya condición básica es la de ser dialéctico consigo mismo.

En los años 80 –cuánto ha pasado desde esa época- tuve la ocasión de conocer la obra de un autor francés que realmente me impactó: Bertrán de Jouvenel. Uno de los temas del los que él se ocupaba –lamentablemente no tengo el libro que leí para citarlo- giraba en torno a la historia de las ideas del siglo 19 y el estado moderno. Lógicamente, yo jamás había oído mencionar a aquel autor en la facultad de sociología; había oído citar a los Augusto Comte, Saint-Simon, pero siempre con una actitud desdeñosa departe de mis profesores. Algunos de estos no tenían ningún problema en trabajar echándole barro, incluso desautorizando, a los padres de la ciencia que decían estarnos enseñando, a cambio del pago que nosotros hacíamos por el siclo universitario. ¿Qué me estaban endilgando los profesores en la universidad? Debe ser por eso que, cuando leí a autores como el que he nombrado, sentí un profundo llamado de atención.

Me sitúo en los años de la mencionada década, pero no solo por lo que entonces hubiera podido leer. Por esos años, se suscitaban algunos acontecimientos que conviene repasar, y que bien vale la pena tener en cuenta. Partiendo de ellos, sería interesante que nos hagamos algunas interrogantes, al momento de interpretar lo referente al tema que nos ocupa: EL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI.

Por entonces, no había caído el maldito muro de Berlín que por años había tenido dividida a la república alemana. La confrontación, aquello que se diera en llamar La Guerra Fría entre el bloque soviético y el norteamericano estaba en plena vigencia. Por parte de Occidente, a la cabeza se encontraba el presidente Reagan, quien era secundado por la británica Margareth Thatcher. La crisis que por aquellos años se producía de tras de la Cortina de Hierro -lo que pasaba en Polonia por ejemplo- resultaba cada vez más inocultable a los ojos del mundo. Los avances tecnológicos en el terreno de la información no le permitían a la Unión Soviética negar que hubiera invadido Afganistán. Se contaba ya con los medios suficientes como para saber qué era lo que venía sucediendo en Corea del Norte, China y Cuba. ¿Ante todo eso –digamos que ante tanto- las masas se habían vuelto liberales? ¿Era el pluralismo democrático el sistema de gobierno preferido por las masas? Simplemente, no.

El irse a vivir a Los Estados Unidos ha sido siempre –en los años 80 también fue- algo más que una meta; ha pasado a convertirse en el caro anhelo de no pocos –es impresionante ver los medios a los que algunos recurren para llegar a esa nueva versión de Canaan- y a propósito, me estoy acordando de esa canción de Juan Luis Guerra, titulada Buscando visa para un sueño. Esa canción habla muy claro –describe el caso- acerca de la realidad de quienes se quieren marchar. El Tío Sam jamás hubiera sospechado que, en los años 80, el país de su sobrino Ronald Reagan iba a contar con legiones de latinoamericanos que estaban dispuestos a enrolarse en sus filas de proletarios. Estos estaban dispuestos a entregarse por voluntad propia, como siervos que aman al amo, y que, porque lo aman, no esperan que este venga por ellos, sino que van hacia él, cruzando túneles desde el otro lado de la frontera, recurriendo a balsas, sorteando a coyotes, ratas y tiburones, sin condiciones, sin dudas ni murmuraciones, sin oponer resistencia. ¿Pero acaso esos incondicionales eran admiradores de los mecanismos del sistema democrático representativo, que identificaba al norte al cual ellos deseaban llegar para servir? No, no necesariamente.

Pero, hay más al respecto. En nuestro medio, aquellos mismos incondicionales de Los Estados Unidos han sido practicantes de una economía informal, que en mucho les a ayudado a resolver sus problemas, al haber sido históricamente abandonados por nuestros estados. ¿Pero acaso eso convirtió a nuestras masas populares en fervorosas devotas de la economía de mercado que tan útil les había sido? No, ¡tampoco!

Por esos mismos años, Polonia le daría al mundo a dos de sus mejores hijos: un sacerdote católico de nombre Karol Woytiwa –este sería el Papa Juan Pablo segundo- y Lech Walesa, quien había emergido de un astillero para convertirse en el obrero líder de su clase, así como de todas aquellas capas de la sociedad soviética que, hasta entonces, habían tenido que demostrar su disconformidad con el régimen imperante en forma oculta, en el subterráneo de aquel pesado sistema, como recordando a la época de las catacumbas romanas. Los medios de difusión harían de Walesa todo un personaje del sindicalismo, ¡y ni qué decir del Papa! En más de una oportunidad Juan Pablo visitó Latinoamérica, trayendo consigo, proclamando a viva voz el mensaje social de la iglesia, en jornadas inolvidables. ¿Sin embargo, cuáles eran las ideas modernas de esa época?

Una mirada al pasado:

Con la llegada al poder de Castro y sus amigos, se daría inicio a un proceso muy peculiar cuyo trasfondo es interesante observar. Se trataba de poner en práctica -en este caso en un país latinoamericano- toda la experiencia acumulada hasta entonces por una pequeña minoría: los indeseables comunistas. No era poco lo que estos habían aprendido, desde antes y después de los acontecimientos que pusieran fin a la Rusia de los zares, en 1917. Entonces, se produciría una seudo revolución que para León Trotski iba a terminar traicionada. ¿Qué hicieron en Cuba?

Lecciones de la realidad:

Por la mitad del siglo 19, la realidad misma se encargaba de mostrar que por ejemplo los enfrentamientos callejeros habían dejado de ser una alternativa para los obreros. Ya entonces, no era dialéctico el levantamiento de barricadas, como lo hace notar Engel en su introducción a La Lucha de clases en Francia. Menos aún –me permito agregar yo- lo serían el bloqueo de carreteras, o la realización de disturbios, como los que se produjeron hace unos días cuando una masa maloliente, e ideológicamente embriagada, quiso tomar por asalto el aeropuerto del Cusco en son de protesta y reivindicación, sin interesarse por averiguar si lo que estaba haciendo era prestarse a servir de carne de cañón, puesta a los pies de los intereses de una minoría.

Sito a La Lucha de Clases en Francia –trabajo hecho por Marx- porque de allí se desprenden dos cosas muy importantes:

La primera es que, tal como el mismo Engel decía en la introducción, la opción de la clase obrera pasaba por la participación activa en instituciones democráticas como el parlamento. Nótese cómo allí él habla de la inteligencia alemana, y valora el papel de la Social Democracia.

La segunda es que, ante semejantes afirmaciones, los comunistas se iban a ver en problemas a la hora de promocionarse para alcanzar sus particulares objetivos. Ellos sabían muy bien en qué consistía el marketing político, y se percataron que tenían que empezar por adulterar el sentido original de las tesis mismas de Marx, si querían explotarlas. A Marx podían comercializarlo como su ídolo, como un sabio, como un gran científico social que, según ellos, era venerable, pero nada más. No hubiese sido ningún buen negocio que la gente llegase al fondo de lo dicho por él en su Manifiesto, como en La Miseria de La Filosofía, además de El Capital. Expoliados por la angustiosa necesidad de llegar al poder, los comunistas se encargaron de contrabandear con tales ideas, hasta elaborar todo un “pensamiento” que, quizás, ni el mismo Marx se hubiese propuesto desarrollar bajo el nombre de Marxismo. Tenían que producir un opio intelectual lo suficientemente potente, como para permitirles cautivar a lo más incrédulo de la sociedad y así conseguir el mayor número posible de consumidores ideológicos, que sean capaces de apoyar lo inapoyable y defender lo indefendible.

Lenin podría ser descrito como un buen barman. Supo muy bien como tomar lo que le convenía de los puntos de vista de Marx, para usarlos como ingredientes de toda una gama de cócteles teóricos. Estos servirían para emborrachar a los seudo intelectuales provenientes de las clases medias que, a decir del mismo Manifiesto: “Son reaccionarias”. Resultaría muy interesante leer el citado documento, en lo que corresponde al capítulo 1 llamado Burgueses y Proletarios. Esas clases medias no habían sucumbido, no habían caído al sótano de la sociedad, no se habían diluido en el proletariado, como resultado de la ley de pauperización, y los comunistas, que provenían de esas mismas clases, se dieron cuenta que entonces no podían darles la espalda. Debían unirse a ellas; debían infiltrar sus instituciones: las fuerzas armadas, incluso la iglesia, recurriendo a un nuevo tipo de trago: El marxismo-Leninismo. Solo así habrían de llegar a las masas a las que en el fondo despreciaban y desprecian.

Las masas jamás se ponen en movimiento por su propia iniciativa. Actúan sí, pero cuando son convocadas por las clases medias, y concretamente por pequeños sectores pertenecientes a estas, que tienen el interés de derrocar a las clases altas, pero que por sí mismas, sin las masas, no podrían conseguir nada de eso. Al respecto, hay otra obra que me gustaría citar: la novela 1984 de George Orwell. Allí se describe muy claramente cómo las clases bajas son utilizadas en la lucha que las clases medias entablan por el poder. Cuando esas clases medias logran sus fines –se convierten en las nuevas clases altas- no dudan un solo instante en devolver al populacho a su antigua situación de brutal servidumbre, recurriendo para ello a todos los métodos de rigor y terror que fuesen necesarios, como en el caso de Robespierre.

Bajo los efectos del Marxismo-Leninismo, el sector de seudo intelectuales, artistas, aficionados a la sociología, y demás provenientes de las capas medias, se pusieron a trabajar. Quizás, dándoles el beneficio de la duda, los más idiotas entre aquellos no sospechaban para quién estaban trabajando en el fondo, ni se imaginaban que, a partir de su entusiasta colaboración “revolucionaria” progresista, se podría dar una nueva interpretación de aquel viejo refrán que en este caso diría: Los comunistas viven de los idiotizados por el Marxismo-Leninismo de las clases medias, y estos últimos de su trabajo. El ambiente fue inundado por artículos, ensayos, libros, películas, poemas, novelas, canciones, que invocaban la “necesidad” de poner en práctica, de adoptar un proyecto que abarcaba todos los aspectos de la vida. El mensaje era que si no se adoptaba semejante proyecto no se iba a poder construir un hombre nuevo, ni una sociedad humana más justa.

El gran nuevo proyecto:

En su condición de clase dominante, La burguesía había puesto de vuelta y media al mundo entero ya en el siglo 19. Al hablar de ella, el mismo Marx no le escatimaría elogios en su Manifiesto. Sin embargo, no todo el mundo lograría incorporarse a la civilización industrial al ritmo histórico de aquellos tiempos. Hubieron países que se quedaron en la barbarie, y que solo mucho después serían lanzados al quehacer industrialista, por factores condicionantes del contexto mundial. En aquellos países bárbaros, podía haberse dado un cierto crecimiento de fuerzas productivas de tipo capitalista, pero aquel crecimiento no era lo suficiente como para lograr el estallido de la superestructura correspondiente a la barbarie. Esta siguió intacta, y bajo ella se dio, ¿será que hasta hoy se da?, un curioso proceso que tiene un sentido paradójico. En dicho proceso lo nuevo parece viejo, y lo viejo parece nuevo, novísimo, más que moderno, progresista. Lo histórico aparece como anacrónico, y en cambio lo más obsoleto, lo más trasnochado, lo ya caduco aparece como si fuese lo último.

No podía darse un mejor marco que ese, para el desarrollo de un proyecto que debía excitar y poner en movimiento a las masas, como condición básica para su realización. Si lo viejo podía aparecer como nuevo, los cosmetólogos teóricos ¿pensadores, ensayistas, investigadores? bien podían dedicarse a darle a ese viejo absolutismo un look totalmente renovado, juvenil, carismático, bien monono, y hasta risueño. Aquel trabajo no sería tan difícil, porque en las mentes de los bárbaros el viejo absolutismo, aún hoy, conserva intacto un gran prestigio, incluso sin tener que pasar por el salón de belleza de los que actualmente se dicen ecologistas.

Una palabra indispensable:

Pero, eso sí, al viejo absolutismo había que ponerle un ganchito, algo notorio, sensual, provocativo, coqueto, que remueva las fibras más íntimas de los poseídos por la sensiblería. ¿Qué podía ser aquello que cumpla con todos los requisitos mencionados? Una simple palabra: social. Si se usaba aquel término, cualquier cosa, cualquier proyecto tiránico podía pasar piola, y mejor aún si el término ese ¡social! era redondeado nominalistamente con eso de: Socialismo.

Así llamado, un “joven” y “seductor” galán aparecería en escena: El Socialismo. Este iría mucho más allá de las bibliotecas; desbordaría a las excéntricas elites de los bohemios, dados a demostrar que no son iguales a los demás; llegaría mucho más lejos de donde pudieran llevarlo la televisión, la radio, los periódicos, y se refundiría con las masas. Estas empezarían a temblar y derretirse por él, sin pedir razones, ni explicaciones, ni programas, sino frases bonitas que se hagan eco de lo que usualmente esas masas quieren oír de boca de los caudillos. Pero la proeza de aquel “joven” sería mayor: les permitiría a los comunistas hacerse dueños del poder, jugando a ser las cabezas iluminadas de todo un nuevo modo de producción, que solo podía darse a modo de ficción en las cabezas de los más ilusos, de aquellos que por pura vocación se andan chupando el dedo.

En los años 80 del siglo 20, el tema de todos los días era ese “joven” precisamente. Lo moderno eran sus ideas, sus conceptos, y sus preceptos. Eso de la Democracia Representativa, El Pluralismo Democrático, el respeto a las tradiciones, y a las instituciones, eran cosas de dinosaurios que se oponían a lo progresista. Ser joven era igual a ser socialista, admirador de delincuentes como Guevara y el mismo Fidel Castro. Pero, más allá de eso ser joven pasaba por rendirle culto a un modelo de estado centralista, concentrador, intervencionista, totalitario que, según sus devotos, debía tener el derecho -lo voy a repetir- debía tener todo el derecho para sí, de meterse en todos los aspectos de la vida de los miembros de las clases sometidas, dominadas
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Yo pregunto:

¿Qué diferencia hay entonces, entre ese Socialismo y el Socialismo del Siglo 21? ¿Acaso hoy se da un socialismo no militarista?

Hasta la actualidad, desde que el antihigiénico Castro tomara el poder, los procesos seudo revolucionarios que se han dado en América Latina, han sido llevados a cabo por minorías constituidas por militares, asociados con civiles que tan pronto llegan al poder se autoproclaman comandantes. Las masas se emocionan a la hora de comandantearlos y rendirles la misma pleitesía que demostraron en 1959 frente a Castro, o en 1968 frente a Velasco en el Perú. ¿Qué es lo nuevo? ¿Dónde quedó la dialéctica de la historia? ¿A dónde está el cambio? ¿A dónde está aquel empresario al que yo pudiese llamar: mi gerente?

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EL EQUIPO SNM

  • 1. Oscar Javier Ibáñez Yagui - Secretario Nacional
  • 2. Jose Antonio Alarcón Cardenas - 1er. Subsecretario
  • 3. José Jara Alvarado - 2do. Subsecretario
  • 4. Pachi Maldonado Berru - 3er. Subsecretario
  • 5. Jenner Canayo Pizango - 4to. Subsecretario

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